Se acerco despacio y silente hacia la mujer. Adivinaba su silueta en la oscuridad por los reflejos de la luna grande que entraba por la ventana abierta. Se paro tras ella, a escasos centímetros de su cuerpo que desprendía un aroma de azahar, de madreselva y romero.

Sintió en su cara el roce de su pelo crespo, y percibió la suavidad de este, gracias al contacto de algún cabello suelto que acaricio su cara.

La tomo por las caderas y pego su cuerpo al suyo. La saludo con un hola suave y cálido en su oído, y ella volviendo de su mundo propio, acerca su cuerpo al de el, reposa sus manos sobre las suyas, junta su cuerpo al de su amado, mueve su cabeza acariciando su cara con su pelo impregnado de noche, sonríe sin que él la vea y le dice, con su preciosa y suave voz... ¡hola!.


Él la sostuvo así contra su pecho, apretándola levemente para sentirla cerca de su corazón. Ella, cerrando los ojos, se dejo atraer y se sintió a salvo, protegida de todos sus miedos, descansada de sus ansias, como reina de su castillo. Y degusto en su piel y en su animo cada segundo que duro ese abrazo. Había llegado a su tierra, a su casa, a sus gentes, pues pensaba que donde estaba su corazón, estarían todas sus vidas.

Y su corazón estaba allí, en la suavidad de aquella noche de otoño, entre los brazos de ese hombre que la amaba con un amor que ya no existía, que se perdió de la tierra hacia mil años y que como Fénix, renació a la vida el día que Carlos la encontró.

- ¿Dónde estabas? Le pregunta él.

- Lejos... le respondió ella.

- Estabas bien?...

- Sí y no...

- ¿Si y no?...

- Estaba con gente muy querida, pero, estaba sola, me faltabas tu.

- He visto una estrella caer del cielo, y supe que me esperabas.

- Todas las estrellas han caído ya. Pues siempre te he esperado.

- Sufrías?

- Tenia la sonrisa de un hijo que aliviaba el sufrir. Pero no conseguía que desapareciera.

- Luci, mi amor... “tengo que amarte amor, tengo que amarte, aunque esta herida duela como dos”

- No hablemos de heridas ni de sufrimientos, ahora no... déjame beberme esta noche contigo.

Mientras hablaban, él besaba suavemente su cabeza, o su cuello era recorrido por diminutos besos que apenas rozaban su piel.

- te quiero, le decía en un susurro

- Lo sé, respondía ella en un suspiro

Y sus besos iban llegando hasta sus hombros... en una ternura y una lentitud que se intuía cada uno de ellos.

- Eres tan bonita... tan especial. Que cada vez que te beso o te miro, te dejo un pedazo de mi corazón.

- No se puede vivir sin corazón, decía ella mientras paladeaba cada caricia en su piel.

- Será por eso que siento que cada vez vives tu mas y más en mi.

- Tonto... que no soy un alien.

- No.. No lo eres... pero de este mundo tampoco eres... tal vez del cielo.

Ella se gira y le mira con sus labios y sus ojos sonriendo. Aun en la penumbra de la habitación brillaban como teas encendidas que marcan el camino hacia el corazón.

Le beso apasionadamente. Sus labios entrechocaron en un sordo clamor de suspiros, de gemidos y palabras calladas al no encontrar salida.

Se bebieron uno a otro. En un beso que quería explicar lo que no se puede expresar con palabras. Un beso apasionado, largo, sabroso, cálido, que hizo que las pieles de ambos se enrojecieran de deseo y los poros destilaran el aroma previo al acto de entregarse recíprocamente.


Carlos encendió las velas que tenia diseminadas por el cuarto. No tanto para dar luz, sino para invitar a sus sombras a unirse a la danza de los cuerpos que estaba por llegar. Quería multiplicar con estos invitados el gozo del amor.

- He traído el aceite, le dijo él mientras la besaba.

- Te has acordado...

- Si. Con perfume de azahar.. Yo mismo subí al árbol y los recolecte para ti, los mejores, los más grandes y hermosos.

- Mentiroso, o es que ahora te has vuelto de campo? Le decía ella mientras se desnudaba sonriendo y se tendía en la cama boca abajo relajada y expectante.

- Sabes que por ti, me haría lo que fuese con tal de darte mas...

Empezó a masajearla despacio y firmemente... toda su espalda quedo impregnada de azahar. Subió hasta su cabeza.. sus brazos... tomo cada uno de sus dedos y los fue acariciando en su masaje.

Bajo por sus nalgas y siguió por el camino de sus muslos, sus gemelos hasta sus pies. Masajeo con delicadeza sus plantas, sus dedos, uno a uno... y empezó el camino inverso hacia sus hombros.

No quedo poro de su espalda que no hubiese recibido la fragancia del azahar.

Luego la giro, y se puso a la tarea con la parte de delante... sus pechos resbalaban de sus manos mientras los acariciabas con el óleo. Bajo por su vientre, y evitando su sexo siguió por los muslos interiores... las rodillas... el empeine.

Miro su cuerpo brillante al resplandor de las velas y se sintió preso de ese cuerpo de mujer. Condenado de por vida a amarlo.

Volvió a recorrer el camino inverso de los pies a su cuello... jugó con sus pechos perfumados, y terminada la labor, miro su cara relajada, tranquila y se volvió a enamorar de ella, otra vez, como hacia dos minutos, como hacia una hora, como hacia una vida.

Se tendió a su lado, sus manos aun mojadas de azahar, y empezó a acariciar su sexo... el aceite permitía que fuese suave y fácil de acariciar. Acaricio su clítoris, impregnándolo del perfume del naranjo en flor y fue despertando en ella la pasión asexuada que tanto le costaba encender a causa de sus problemas, en otro mundo paralelo a este.

La miraba a los ojos escrutándolos, intentando percibir en ellos la cadencia, la presión o el lugar donde hacerla sentir cascadas suaves de placer, que luego pasarían a ser impetuosos torrentes desbocados.

Lucia le miraba intensamente. Su boca entreabierta apenas dejaba escapar algún sonido, salvo los que inevitablemente escapaban con su respirar aun incipiente. Miraba sus ojos fijamente, de vez en cuando sus párpados se cerraban acompañados de un escalofrió que circulaba desde su sexo a su cabeza en una elipse placentera, hermosa y que la llevaba a mirar a su amado mas vivamente.

El aroma nocturno del azahar, embriagaba a Carlos en una mezcla de sosiego y pasión que transmitía a Lucia en forma de caricias profundas en su sexo, suaves como si acariciara los pétalos de una tierna rosa, o abriendo sus muslos para rozar el interior de su amada.

Así estuvieron un rato, hasta que la respiración de ella se fue haciendo más febril, y sus ojos apenas se mantenían abiertos. Carlos se acerca a su oído y en voz baja, susurrante, firme, le dijo: “voy a beber de tu fuente, amor”. Ella lanza un suspiro largo y placentero y él bordea a besos su cuerpo desnudo hasta llegar a su entrepierna.

Su sexo le esperaba tibio y húmedo. El beso sus muslos, su pubis, su sexo por fuera, como un preludio erótico a su deseo.

Y su deseo fue, abrir su sexo, lamerlo de abajo arriba hasta su clítoris, degustar su sabor intenso, y volver a repetir su oral caricia.

Ella sintió su espalda arquearse por el placer. Sintió su clítoris crecer en la excitación y su vagina mojarse al contacto de su boca. Estaba deseosa de alcanzar un orgasmo, necesitaba vaciarse y se lo pidió diciéndole: “si amor mío, no pares por favor”.

El se aplico placenteramente a lamer su sexo con deleite. A jugar con su lengua y el clítoris de ella, a lamer fuerte toda su vagina abierta, llegando a sus labios interiores y aun hasta el inicio de la cueva que tanto deseaba penetrar.

Lamió y sorbió. Jugó con sus labios vaginales y su clítoris. Tiro de el para mamarlo como un bebe hambriento, mama el pecho de su madre. Ella sofocada, sentía llegar ese torrente de placer que la iba a inundar en breve. Carlos levantó la cabeza y la miro, le encantaba mirarla disfrutar con sus caricias, ella se acariciaba sus pechos, besándolos e incluso llevándoselos a la boca, sabiendo cuanto excitaba eso a su hombre. Mientras la observaba, introdujo sus dedos en su vagina y después de ver su gesto de satisfacción en su preciosa cara, volvió a beber del torrente de la pasión, de su misma fuente, de su clítoris excitado.

Solo falto unos minutos para que ella, estallara en un orgasmo delicioso, violento, que casi la hizo perder la noción de donde estaba. El contacto de la lengua de Carlos, sus dedos entrando y saliendo de ella y el sentimiento de sentirse libre frente a este hombre que la amaba con toda sus fuerzas, fueron el propiciador de ese orgasmo que subiendo desde su sexo, estalló en su cerebro como una explosión de sensaciones y sentimientos todos ellos agradables y hermosos.

Carlos subió hasta su lado, se tumbo junto a ella y la abrazó fuerte hasta que dejo de estremecerse.

Ella se volvió hacia él y con una sonrisa en sus labios, le beso su boca impregnada de su esencia y de azahar.